Guieldu en las fiestas de San Isidro de Llanera
Posada de Llanera
Así fue el concierto en la carpa del mercado tradicional de San Isidro.
Hay conciertos que comienzan con el público esperando que empiece la música. Y hay otros en los que la música tiene que abrirse paso entre conversaciones, cafés, chupitos y sobremesas. El de Guieldu en las fiestas de San Isidro de Llanera fue de los segundos.
El 17 de mayo de 2026, domingo, llegamos a Posada de Llanera para tocar en la carpa del tradicional Mercado de San Isidro. A nuestro alrededor, puestos de productos artesanos y tradicionales, familias paseando y ese ambiente de fiesta popular que se extiende por todo el parque.
Pero había además una circunstancia que para nosotros hacía especialmente diferente aquella actuación: era domingo por la tarde.
No es un horario habitual para Guieldu. La mayoría de nuestros conciertos tienen lugar a otras horas, cuando el público ya llega con otra disposición y el ambiente invita más directamente a escuchar música y, sobre todo, a bailar. Aquella tarde el punto de partida era bastante diferente.


El concierto llegaba después de la tradicional comida de vecindad y de una larga sobremesa. Y después de una buena comida, ya se sabe: el cuerpo suele pedir conversación, café y un poco de tranquilidad antes que ponerse a saltar.
Así que cuando subimos al escenario no teníamos muy claro qué íbamos a encontrarnos.
Al principio costó un poco. La gente seguía alrededor de las mesas, charlando y disfrutando de la tarde. Era lógico. No habíamos llegado a una plaza donde todo el mundo estuviera esperando el comienzo de un concierto: éramos una parte más de una jornada festiva que llevaba ya muchas horas en marcha.
Pero entre las mesas también estaban algunos de nuestros seguidores habituales. Gente que ya conocía las canciones, que empezó a cantar y a moverse desde los primeros temas.
Se sabían las canciones. Empezaron a cantar, a moverse, a bailar. Y poco a poco aquello que parecía una tranquila sobremesa empezó a cambiar.

Primero fueron unos pocos. Después se sumaron otros. Las conversaciones fueron dejando espacio a la música y la carpa comenzó a llenarse de movimiento. Lo que había empezado con un público sentado alrededor de las mesas terminó convertido en una auténtica fiesta de tarde, con gente bailando, saltando y disfrutando de las canciones.
Para nosotros fue especialmente bonito comprobar ese cambio. Porque quizá una de las cosas más interesantes de tocar en un horario así es precisamente no saber de antemano cómo va a responder el público. Un domingo por la tarde, después de comer, no parece el momento más evidente para ponerse a bailar. Pero la música tiene sus propios planes.
Y la música celta, cuando encuentra el ambiente adecuado, tiene esa capacidad de hacer que el cuerpo responda casi antes que la cabeza. Los pies empiezan a moverse, alguien se levanta, otro se anima y, cuando quieres darte cuenta, la sobremesa se ha convertido en baile.
Así terminó nuestra tarde de San Isidro en Posada de Llanera: muy lejos de la calma con la que había empezado. Y quizá esa fue precisamente la gracia de aquella tarde: el reto era convertir una fiesta en concierto y terminó el concierto convirtiendo la sobremesa en una fiesta.
Nos quedamos muy contentos y con la sensación de haber descubierto una faceta diferente de nuestros conciertos y, sobre todo, con el recuerdo de un público que supo convertir una tarde de domingo en una pequeña fiesta celta.
Gracias a todas las personas que compartieron aquella tarde con nosotros y, especialmente, a quienes se levantaron de las mesas para empezar a bailar.
Vídeo y Fotos del Concierto
© Fotos: Rubén – De semeya»n semeya








